jueves, 12 de octubre de 2017

Un giro inesperado

Hacia calor. El termómetro del vehículo marcaba cuarenta y dos grados a las doce y media del medio día, mientras iba circulando con las ventanillas abiertas, dado que el aire acondicionado del coche no funcionaba. Maldije al "veranillo de San Miguel" por no faltar a su cita, por hacer que ese día fuera hasta ese momento un día de mierda. La contaminación que había en Madrid acentuaba la sensación de calor, y para colmo, una circulación saturada, y que el humo del vehículo de delante me entrara por las dos ventanillas abiertas, estaban consiguiendo que mi cabreo aumentará al ritmo de los grados de temperatura, y de la canción "despacito" que para colmo se escuchaba a todas las horas y en todas las emisoras de radio.  


Aparqué en zona azul, y puse sobre el salpicadero del coche un ticket validando treinta minutos de tiempo. Recoger un encargo no debía de suponerme más de diez minutos, así que me dirigí al comercio apenas unos pasos al lado de donde había aparcado. La puerta estaba cerrada, y había un cartel que ponía "por la puerta de atrás". Anduve con paso firme hasta llegar a una puerta metálica abierta, de estas que se "enrollan"en el techo. Al pasar hacia su interior, tuve que ir esquivando los muchos obstáculos que me iba encontrando al paso, palees con cajas abiertas rellenas de formularios, trozos de listones sueltos quebrados de  algunos palees rotos, sillas viejas de madera de esas enteladas, una máquina carretilla. Incluso tuve que esquivar algunas heces, posiblemente de algún gato que se ha hecho ocupa en el almacén. Vamos, un sitio de mierda, como el día. Antes de llegar a una mesa de madera, muy desgastada y con síntomas de tener más años que la reina madre de Inglaterra, vi salir de una puerta a mi izquierda a una mujer. Según se iba acercando comprobé como los vaqueros le ajustaban a la perfección sobre sus piernas, una camisa blanca ligeramente desabrochada justo hasta donde un colgante en forma de piedra, de color negro azabache, rozaba el surco de sus pechos, una fina americana negra cubría su espalda y sus hombros. Su cuerpo, era una Venus. Delgada de piernas, cintura contorneada, buenos pechos, una cara delgada con las facciones marcadas, y unas gafas de pasta que la hacían parecer una joven profesora universitaria.

  • Buenos días. ¿Que desea?. Me dijo.
  • Vengo a recoger un paquete. Esta a nombre de Jesús Jiménez.
  • Ah si. Me llamo ayer indicándome que mandaría a alguien a recogerlo.

Se dio la vuelta para dirigirse a una estantería metálica, donde había una caja de cartón de mediano tamaño. No debía de pesar mucho porque lo cogió y lo acerco sin ningún problema. Lo depositó sobre la vieja mesa de madera.

  • Son trescientos setenta euros.
  • ¿Qué?. Nadie me dijo que tuviera que pagar nada...

De pronto, se oyeron muchas pisadas y tres disparos, que alcanzaron a la profesora de la universidad, cayendo muerta al instante.

  • No disparen por favor. Sólo soy un mensajero. 

Se me acercó una persona, vestida con un traje negro, muy demacrado, con los ojos muy metidos en las cuencas, que  dijo:

  • Eres el hijo de Julio Jiménez. Tenemos un mensaje para tu padre. Nos quedamos con el pedido, y le devolvemos a su hijo con cuatro disparos en las piernas, para que sepa con quien esta jugando.  

Pum. Pum. Pum. Pum.   


Muerto de dolor, y en medio de dos charcos de sangre, la de la tía buena que estaba ya camino del infinito, y la mia, conteste, entre balbuceos.

  • No, mi padre no es Julio Jiménez. Se llama Jesús, hijos de puta.  Mi padre es un sacerdote De la Iglesia de los últimos días, y la caja son biblias. Os habéis equivocado.


El mismo que le pegó los tiros en las piernas, se agachó hasta tener su cara a unos centímetros de la suya, para decirle:

  • Así es la vida. Hoy le tocó a la buenorra esta, pero otro día te puede tocar a ti. Mira siempre quien va detrás de tus pasos. No nos has visto nunca, y si me delatas, estos que andan detrás mía sabrán que hacer contigo y con tu familia.  Así que discúlpame por el lapsus, y hasta nunca.


Definitivamente, había sido un día de mierda.

martes, 12 de septiembre de 2017

Las letras

Una suave brisa movía las afiladas hojas de las palmeras que tenía frente a su terraza a esas horas de la noche, produciendo un suave y agradable tintineo que se rompía con las pocas rodadas de los automóviles que circulaban por la vía a esas horas de la madrugada.  El silencio estaba a merced del viento, y el roce de este sobre su piel le producía una sensación de bienestar que se agradecía después de tres noches de muchísimo calor, donde el sudor, el sofoco y la agitación nocturna, se adueñaron de él en su pequeño recinto de verano, donde intentaba recuperar la cordura e inspiración totalmente necesarias para su faceta “pseudoescritora".


Tenía sobre la mesa dos botes de cristal. O vasijas. O como lo quieran llamar. Eran de esas que las madres utilizan para llenar de legumbres, de sal, de azúcar, o de cualquier otra cosa. Una de estas, contenía hasta la mitad, piedras pequeñas perfectamente pulimentadas y de cantos rodados, en los que los colores blanco, gris y negro predominaban sobre algunas otras de color verde turquesa y anaranjadas. La otra, contenía también hasta la mitad,  distintas conchas de moluscos muy coloridas, ostras, vieiras, berberechos, almejas,  y alguna otra que no sabría nombrar de qué familia del reino animal pertenecían. Ambas vasijas, las había convertido en modernas lámparas de led, que le proporcionaban una luz blanca que siempre le acompañaba para intentar componer textos en esas noches veraniegas.

Decidió mirar un rato al cielo estrellado para relajar la vista, y pudo comprobar como un ejército de estrellas imperaban sobre el majestuoso cielo de esa parte del mediterráneo.  Incluso pudo ver alguna lágrima de San Lorenzo hacer un pequeño recorrido efímero, sin más tiempo que el de un pestañeo, hasta desaparecer y no dejar mas rastro que el del recuerdo. El viento soplaba del norte, y traía consigo un escuadrón de nubes, que empezaron a apagar una a una el brillo que las estrellas propiciaban desde el cielo. La luna, casi plena, no podía más que entregarse a la derrota, cuando el ultimo nubarrón acabó por dejar la noche a oscuras, salvo por la luz de las dos lámparas que estaban sobre su mesa. En ese momento, el viento tomo protagonismo y sopló con más vehemencia, haciendo un remolino de hojas secas y ramas, que  crujían entre sí hasta que se volvieron a esparcir calle abajo. Su piel comenzó a erizarse y recurrió a la ayuda de una vieja rebeca de hilo fino que tenía en un mueble alto del salón. Pasó a por ella y se la puso sobre los hombros.


Cuando salió nuevamente a la terraza, la luna de había hecho un pequeño hueco entre las nubes para iluminar de blanco las oscuras aguas nocturnas del Mediterráneo. Se sentó sobre una raída hamaca para coger el Ipad y retomar sus escritos. Abrió el programa de textos, posicionándose en el final de lo último que había escrito. Y entonces es cuando las vio saltar de entre las letras…

  • Tenemos que hablar. Le escribieron .
  • No hay nada de qué hablar. O mejor dicho, de escribir. Y creo que esta conversación no tiene mucho sentido. Escribió.
  • Tiene todo el del mundo. Estamos cansadas de tus  escritos,  siempre tristes, melancólicos, siempre evocados a tiempos pasados donde tu corazón emanaba ese amor que adoleces. Parece que no sabes sacar partido a mis hermanas ni a mi. Entre nosotras formamos este idioma, uno de los más utilizados por la humanidad. Cervantes nos hizo famosas en el mundo entero utilizando más de trescientas mil palabras para ese famoso “Quijote” de las cuales, más de veinte mil eran  distintas entre sí.   ¿Y esto es lo único que sabes hacer? 
  • Cada uno escribe de lo que quiere. ¿Quienes sois  vosotras para decirme lo que tengo que escribir?
  • Estamos cansadas de ver florecer tus lágrimas, de que rocíes con estas los muchos papeles que luego desaparecen sin más en esa vieja papelera, o mojes esta herramienta infernal que se va apoderando de tantos y tantos, olvidandoos de las viejas plumas de tinta o lapiceros. Estamos cansadas de que malgastes tu tinta en escritos que no verán la luz. Estamos cansadas de ver como olvidas otros términos, otros conceptos, otras composiciones. Estamos cansadas de no verte sonreír.  

La situación era surrealista.   Digamos que en el texto que estaba escribiendo, las letras se levantaban del mismo juntándose a conciencia para posicionarse formando las palabras, como una composición que se crea automáticamente en tres dimensiones. 

Debió pensar que estaba un poco borracho, o cansado.    Antes tomó alguna copa de champagne que pudo haber  influenciado a su subconsciente. 

  • Dejadme en paz. No necesito vuestra ayuda ni de vuestro consejo. Además, nadie se escribe con las letras de sus escritos. Me estáis volviendo loco. 
  • Hemos hecho algo que jamás habíamos hecho antes. Tú, y sólo tú tienes el don de vernos más allá de tus frases, escritos y relatos. No desperdicies tu talento recordando a quien te rompió el corazón. Ve más allá de sus ojos, escucha el latido de otros corazones. Mira por encima del horizonte. Descubre nuevos sabores. Huele otras pieles y siente otros labios. ¿Cuanto tiempo hace que no haces el amor?. Comunícate en otros idiomas. Haz todo eso que siempre deseaste hacer y que siempre has pospuesto. Te damos seis meses para ello. No escribas hasta entonces.  ¿Podrás?
  • Lo intentaré.


Seguía corriendo esa brisa que por la noche erizó su piel. El amanecer estaba llenando de color la mañana y el ejército de nubes había desaparecido.  Dormitaba aún sobre la hamaca cuando el graznido de unos albatros le sobresaltaron. Se incorporó de un salto y se estiró todo lo que pudo para enderezar su espalda curvada por haber pasado tantas horas sobre la hamaca. Miro hacia la mar. A ese mar que sólo le producía nostalgia y al que le había entregado sus penas. Se giró ciento ochenta grados para buscar su ipad. Estaba en el suelo. Casi seguro que se le había caído de entre sus manos al quedarse dormido. Lo recogió y comprobó que estaba en perfecto estado. Encendió el aparato y abrió el programa de textos donde escribía.  Había desaparecido el texto, salvo una pequeña frase que decía: “no muere quien perece sino quien desiste”.

Era hora de empezar a descubrir todo aquello que se había imaginado esa noche…

O no.













martes, 18 de julio de 2017

La búsqueda IV

La velada estaba siendo perfecta. Se había pasado esa mañana por la oficina de correos, y con la excusa de enviar una postal a unos amigos de la capital, le dio las gracias a Natalia por lo que había hecho por el durante el tiempo que llevaba en el pueblo, y la invitó a cenar. 

Había elegido un restaurante asiático situado el las afueras del pueblo y con una buena reputación en la zona. Sus paredes  revestidas con palés de madera donde se engarzaban jardines verticales con una amplia variedad de vegetación, una infinidad de lamparas blancas que representaba a los globos chinos, que parecían estar flotando bajo el techo de la sala, y unas inmensas vidrieras donde entraba muchísima luz natural, hacían del lugar un recinto mágico.

Había elegido una mesa dentro de un reservado. Estaba entre dos paredes repletas de plantas verticales que dejaban caer hacia el suelo su vegetación repleta de helechos, cáscara de nuez, lágrimas de bebé, y alguna begonia para dar colorido y así romper los tonos verdes de las otras plantas. Del techo caía una inmensa lámpara de cristales que simulaba a finas gotas de lluvia y que daba luz blanca únicamente a una mesa negra como el ébano de forma cuadrada. Sobre esta, dos manteles individuales de bambú. Encima de cada uno, dos servicios completos: dos tenedores, dos cuchillos, dos copas de cristal, una para vino y otra para agua, y unos palillos chinos. Todo perfectamente ordenado y colocado. Entre las dos paredes y hacia la parte del restaurante una cortina muy fina en tono marfileño, aunque se parecía más a la tela que se utiliza en las camas con dosel. En la parte opuesta, una inmensa vidriera completamente transparente con vistas a un jardín tropical. A ambos lados de la mesa, depositados sobre el suelo y con una altura de metro y medio aproximadamente, dos imponentes esculturas que simulaban a guerreros de Siam. Era un reservado muy especial. Y privado.

  • Traerme a este lugar así, sin más, después de haberme rechazado mis invitaciones tantas veces… no se, no se… Dijo Natalia.
  • Somos amigos. Me ayudaste mucho cuando llegué al pueblo. Es una forma de agradecerte lo que has hecho por mi.
  • ¿En un reservado? ¿Tienes miedo de que nos vean juntos?
  • Había pensado que en la tranquilidad están los buenos momentos, las buenas conversaciones, y así poder contemplar a una mujer guapa, sin que nada ni nadie pueda hacer que me distraiga.
  • Parece que estas hablando por la radio, no hagas que me sonroje.
  • No te hagas la ingenua por favor. Eres una mujer muy  guapa, y tremendamente atractiva.  Cogió su copa de cava, la levantó mientras miraba al verde de sus ojos sin pestañear, invitándola a que le acompañara en el gesto.
  • Eres un encantador de serpientes, pero no puedo negar que desde que llegaste, tu fuerte atractivo me ha llamado la atención. Eres una persona  con facilidad para desarmar a cualquier mujer.
  • ¿Donde quieres tomar después una copa?
  • No soy mujer fácil ¡Eh!. Y con lo que he bebido en la cena ya he cubierto el cupo de alcohol. Creo que es mejor que me dejes en mi casa.

Habían llegando a donde vivía Natalia. Ya en la puerta, aparco sin apagar el vehículo como gesto de respeto y de no intentar nada. Al menos, esa noche. 

  • Gracias por aceptar mi invitación. Estaba en deuda contigo.  Espero que te haya gustado la velada. 
  • Me ha encantado. De verdad. ¿Dónde te vas a tomar esa copa?
  • Bueno, tomar copas sólo fue mi deporte favorito durante una época de mi vida. No quiero volver a ese viejo hábito. Me voy para casa y prepararé algo para el programa de radio.
  • Si quieres esa copa en mi casa.. Le insinuó Natalia mientras salía del vehículo sin apartarle la mirada.

No había dado tiempo a nada más.  Tras cruzar el umbral de la puerta, el se abalanzó hacia sus labios para besarla. Y ella se entregó a sus brazos. Mientras se besaban, se iban desnudando mutuamente mientras ella le conducida hacia un inmenso sofá que había en el salón. Natalia le empujó hacia el, quedándose sentado, y sin tiempo para reaccionar se sentó sobre el mientras su miembro ya se deslizaba por sus adentros. Y allí, donde el calor que desprendían dos cuerpos repletos de deseo, intercambiaron posiciones, juegos y roles, hasta que encontraron la habitación de Natalia, donde se confesaron deseos prohibidos hasta entonces y que hicieron realidad.  Y reiniciaron nuevamente un incendio de pasión que sólo pudo ser sofocado por los primeros rayos del alba


Habían transcurrido tres días desde aquel encuentro. Tenía que dar forma al plan por lo que decidió acercarse a la  estafeta de correos.

Cuando entró en las dependencias de correos, no había un alma. Salvo Natalia.

  • Buenos días caballero. ¿Qué es lo que necesita? Le dijo con una ironía que implicaba a la vez simpatía y complicidad hacia el.
  • Buenos días Natalia. Necesito que me ayudes para localizar el origen del franqueo de este sobre…

El plan había comenzado.

Continuará….

Ni que decir que esta entrada esta dedicada a mi buen amigo Cipri Quintas, y a todas las personas que componen y hacen del Silk Social Space un lugar mágico.















martes, 13 de junio de 2017

La búsqueda III

Aquellas letras escritas en una hoja arrancada de un cuaderno de anillas espirales, tenían una caligrafía tan bella que podía decirse que era una obra de arte. Si bien, le había dejado sorprendido, descolocado, pero sobre todo, habían abierto una herida que ya creía cicatrizada. ¿Quien le conocía así? ¿Quien tenía esos sentimientos hacia él? ¿Quien le llamaba a gritos en los silencios de cada noche?. Su cabeza intentaba hilar cualquier resquicio de todas esas mujeres que pasaron por  su vida, por su cama, pero al final sus pensamientos le llevaban a ella. A esa mujer que le partió el corazón en tantos pedazos como perseidas en una noche de agosto. 

Pero ella no podía ser. Ella era un alma libre, una mujer sin ataduras, sin compromisos, una mujer devoradora de experiencias, de vidas, de corazones. Y yo, sabiendo su "curriculum", caí en sus enredadas telarañas tejidas a la perfección como un insignificante insecto, que una vez pegado en ella ya sabe que será su fin.  

Esa noche no pudo dormir. En su cama revivió muchas de las noches que compartió con ella. Y en ese trance en el que los sueños se apoderan del alma de cada uno, volvió a hacer el amor. Y ella le volvió a jurar amor eterno...

El sábado estaba transcurriendo con normalidad. Aunque no había dormido mucho, se levantó temprano para hacer un poco de deporte. Paso también por el huerto para recolectar algunas hortalizas, unos tomates, pepinos, algún cebollino y unas lechugas rizadas, y antes de subir a la habitación, dejo las verduras sobre la encimera de la cocina. Entro en su cuarto o en su celda donde se recluye, se duchó, y una vez seco se tumbo en la cama aún deshecha donde volvió a leer la carta que ayer, en la radio, le había vuelto a castigar su corazón.  

Curtir un corazón dicen que es cosa de tiempo, pero el suyo estaba aún sujeto entre alfileres, con cinta adhesiva, como las grapas que unen las partes rotas de un folio de manera liviana, y si no lo sujetas con suavidad  se vuelven a desunir. Había trabajado para que las heridas cicatrizasen. Pero el corazón no entiende de tiempo, ni de razón, ni de terapias. El corazón palpita como quiere y con quien quiere. Y tuvo que ser una carta, esa carta precisamente la que le hiciera revivir situaciones que deberían de estar enterradas, o en su defecto, superadas. 

Se vistió. Un pantalón vaquero, una camisa floreada, unos náuticos azules, algo de perfume, era lo que había elegido para afrontar su nuevo plan. Bajó  hacia el garaje para coger su motocicleta con la intención de dirigirse a la oficina de correos.


En su mente estaba el indagar la procedencia de la carta aún sabiendo que no tenía remite, y con un sello de esos de empresa que tienen el franqueo pagado, pensó que podrían decirle qué empresa era la titular de dicho franqueo y sus posibles delegaciones o sucursales. Además, sabía perfectamente que las cartas dejan un residuo informático en la oficina central provincial de la procedencia. Era hora de sacar sus encantos masculinos para que su amiga Natalia le facilitara esa información, aun sabiendo la debilidad de esta hacia el.  Además, el sueño húmedo de la noche anterior le habían despertado  un apetito sexual que llevaba dormido demasiado tiempo...

Continuará. 

miércoles, 24 de mayo de 2017

El triángulo

La sangre cubría casi la totalidad del suelo laminado de la habitación. El cuerpo de Pepe yacía sobre el pavimento, inmóvil, y por los orificios de las balas aún le salía vaho. Paula, quieta, inmóvil, petrificada como una estatua de sal, miraba el cuerpo de su marido muerto, con la mirada pérdida, e intentando explicarse como se había desencadenado todo. Tenía su cuerpo desnudo, lleno de sangre, por haberse quitado de encima el cuerpo de Pepe cuando calló sobre ella por los disparos recibidos. Parecía la musa de un pintor gore. El silencio se cortaba por la respiración agitada de Joan. Aún con su Walther P99 en su mano, asentado en el borde de la cama, desnudo, con los antebrazos apoyados en sus muslos pregunto:

- Y ahora ¿Qué?...


Pepe estaba teniendo una jornada tediosa. Miembro de la guardia urbana de Barcelona desde hacía catorce años, seguía siendo un guardia de barrio, al que le gustaba patrullar a pie por las calles de su querida Barcelona.   Una persecución a un vehículo robado que acabo con un accidente en pleno puerto olímpico, dos intervenciones por violencia de género, varias peleas entre drogodependientes cerca de las inmediaciones del camp nou, y unos avisos de robo en varios establecimientos regentado por chinos, le habían generado demasiado estrés. Necesitaba desconectar, y un fuerte dolor de cabeza acentuaba las ganas que tenía ganas de llegar a casa, pero faltaban dos horas para acabar su turno. Su mujer, Paula, también compañera y a la que había conocido dentro del cuerpo, había librado y estaría haciendo una suculenta cena como habían quedado, así que habló con el sargento de guardia para que le dejará salir antes. 

Una vez concedido el permiso, salió pitando de la comisaría. Solo tenía que caminar unos minutos para llegar a casa, así que compró unas rosas y una botella de vino. Camino por el paseo de Gracia hasta girar hacia la derecha por la calle Aragón, hasta llegar al apartamento que tenían en la calle Pau Claris. Abrió la puerta  sigilosamente para intentar dar una sorpresa a Paula. La puerta de entrada daba justo a la cocina. Allí no estaba. Giro sobre su derecha para entrar a hurtadillas al salón. Tampoco había nadie. Pensó que estaría comprando algo para cenar y que regresaría pronto. Se dirigió a su habitación para darse una ducha, pero ya en el pasillo escuchó algo parecido a un gemido. Al principio pensó que se estaría dando alguna crema de esas que utilizan las mujeres, pero según se acercaba a la puerta de la habitación, comprobó que había también una voz masculina, y, lo peor, que le era conocida. Abrió la puerta muy muy despacio, dejando una pequeña ranura para poder otear.   Tumbado en la cama boca arriba había un hombre con barba, y encima de este su mujer, la cual se movía pasionalmente, con sus manos apoyadas en el torso del hombre, mientras que esté le tocaba sus pechos. Siguieron con el ritual de sexo y pasión, gozando de cada embestida, acariciandose los cuerpos, besandose.  El se incorporó y puso a su mujer en la posición del perro, para entrar en ella por detrás, casi con violencia, mientras le agarraba con fuerza sus caderas. Los gemidos de los dos eran casi gritos. 


Pepe estaba petrificado.  Por su cabeza le estaban pasando infinidad de ideas, desde sacar su arma y matarlos a salir corriendo. Pero no podía ni hablar hasta que escucho de los labios de Paula la palabra "te quiero". Reaccionó, y como un volcán en erupción sin dejar de soltar lava, empezó a gritar mientras abría con violencia la puerta.

  • Eres una hija de puta. Ni siquiera has respetado nuestra cama. Y Escuchar de tu boca que le quieres. ¿Cuanto lleváis juntos?  Y tú, vístete y vete de mi casa.  Pero... ¿Joan?                    


Joan era también un miembro de la guardia urbana, que entró al cuerpo junto a él.  Era su amigo, su compañero. Y ahora era la persona que estaba en la cama y en la cabeza de su mujer. Y en la suya. 

Pepe se abalanzó hacia el con la intención de pegarle, de romperle cada hueso del cuerpo. Su odio y su ira se habían focalizado de golpe en el. Joan, viendo lo que se le venía encima,  buscó de encima de la mesilla su arma que había dejado al desnudarse, y antes de que Pepe cayera sobre el, vació su cargador sobre su pecho.

Continuara...


jueves, 4 de mayo de 2017

El duelo

La sala número 5 del tanatorio de la Paz estaba casi vacía, o al menos en ese momento, no me fijé en el resto de gente que allí estaba. Un silencio sepulcral invadía la totalidad de los ochenta metros cuadrados que tenía aproximadamente la estancia.  Nada más cruzar la puerta, pude ver en el fondo un pequeño habitáculo donde estaba Eva, de pie, mirando fijamente a través del cristal que separaba del mundo de los vivos, al cuerpo de mi amigo Luis, su marido. Me fui acercando lentamente hacia ella, y aunque hacía tiempo que sabía lo que le tenía que decir llegado el momento, no tenía el valor suficiente de afrontarlo. Y es que a pesar de la situación, no pude evitar pensar que ella seguía siendo el amor de mi vida desde el mismo día que la conocí.

Su muerte no fue repentina, sino todo lo contrario; llevábamos esperando el desenlace desde hacía once meses cuando en su última intervención quirúrgica el médico le comunicó a Eva y familiares que la ciencia había llegado hasta su límite, y que salvo milagro, era cuestión de poco tiempo para que el "hijo de puta" de la guadaña llegara para llevárselo.   No sufriría dolor, pero se iría consumiendo poco a poco, hasta que su cuerpo se quedara sin fuerzas y se entregara a los brazos de la parca.  Había en mi rabia, desesperación, impotencia... Una persona joven, mi amigo. Mi gran amigo se apagaría para nunca mas volver.  Y opté por desearle una muerte rápida, que se durmiera una noche y no se despertara jamás. No quería que sufriera, y que tampoco Eva pasara por el calvario de ver como se iba apagando. Era cuestión de semanas, la dijeron.

Pero el muy cabrón se rió de nosotros. Quiso poner todas las trabas posibles a la muerte. Siempre nos decía que si se tenía que ir de este mundo, quien se lo llevará tendría que trabajar mucho para ello. Y vaya si lo consiguió. Al principio, los visitaba con asiduidad, pero cuando empezó a llegar el deterioro físico, empecé a buscar excusas para no ir a verle. A verlos. Me limitaba a llamarles por teléfono excusándome de no poder ir por motivos de trabajo, o me inventaba cualquier excusa burda. En los últimos días, me llamaba a Eva por las noches, a sabiendas que él estaría dormido o sedado, y siempre acababa llorando y maldiciendo a la vida por tratarla de esa manera.

Ya estaba muy cerca, a escasos metros detrás de ella. Estaba guapísima vestida de negro. Me jodía pensar así en esos momentos, pero incluso en el velatorio mi cabeza no la podía ver de otra forma. Su vestido, algo ceñido,  marcaba su figura delgada, su cara demacrada por el llanto, por los momentos que le estaba tocando vivir. Se la veía alguna arruga en la frente fruto de las noches sin dormir, ojeras pronunciadas y bolsas de líquido debajo de los ojos, hacían a pesar de todo, que la mirará como a una princesa de los cuentos de las mil y una noche. En su mano derecha tenía un pañuelo con el que supongo se secaba las lágrimas.

Se giró cuando notó mi presencia cerca, y al verme, rompió a llorar mientras sus brazos buscaban en mí la fuerza necesaria para no caerse al suelo. Mis brazos la rodearon mientras veía como se le desgarraba el alma, como sus lágrimas le dejaban surcos por sus mejillas, y la escuchaba como maldecía al destino por haberle jugado esta partida haciendole trampas. Casi ya sin fuerzas, se dejó desplomar entre mis brazos. 

En ese momento pude ver lo lleno que estaba el velatorio de familiares y amigos. Escuché de golpe las anécdotas que los presentes habían tenido con Luis. Escuchaba claramente sus voces a pesar del bullicio y el ruido que producían al hablar todos ellos entre sí.  Podía discernir perfectamente cada voz, cada tono, cada procedencia. Me asusté.

Y de repente le vi, de pie, justo en la esquina del pequeño habitáculo donde se podía contemplar su cuerpo, con el hombro izquierdo apoyado sobre el vidrio, una mano por detrás de su nuca, y la otra metida en el pantalón vaquero. Su porte, atletico, su cara con una barba incipiente como la que acostumbraba a tener, sin retocar, al natural.  Me miró con una sonrisa de saberse observado y me dijo: 

  • Cuídala viejo amigo.  Me dijo guiñándome un ojo. Siempre supe de tus sentimientos hacia ella, pero me has sido leal en todo este tiempo. Cuídala. Me repitió. No dejes que sufra más y dale pronto esa vida que se merece. Se que lo harás y mejor que yo, porque ella en el fondo, siempre te ha amado. Tardaréis muchos años ambos en cruzar el umbral del túnel. Hasta siempre.

Sin dejar de abrazarla, sabiendo que nadie más podía verle ni escucharle, vi como la imagen de mi amigo se diluía, mientras mis lágrimas almacenadas desde hacía once meses, afloraban sin ningún tipo de miedo ni reparo, cayendo sobre los hombros de Eva. En ese momento comprendí que era hora de comenzar otra etapa de mi vida.



domingo, 2 de abril de 2017

¿Sabes papá?


Hola padre.  Dicen que el tiempo hace al olvido. Dicen que las heridas curan y que dejan de sangrar, dicen  que la rueda de la vida nos mete de nuevo en la dinámica y el trasiego de esta vida loca, rápida, y a su vez, efímera.  Dicen que el vacío se compensa con nuevas personas, en mi caso, con tu nieto Yago, al que le hablo de ti siempre diciéndole que estás en esa estrella que veo cada noche, allí, en lo alto del cielo, brillando incluso más que la estrella polar.  Dicen….

Pero yo no creo a nadie.  Creo en esos valores que me trasmitiste, en tu generosidad, en tu trabajo, en tu constancia, en tu amor, en tu alegría, pero sobre todo creo en tu presencia.  Porque no hay mayor alegría que la de sentirte cerca todos los días, en la de intentar transmitir muchos de tus valores a Yago (otros no, que eras en muchos casos un chapado a la antigua, aunque ahora empiezo a comprender que es muy posible que también me pase según lleguen los años a mi vida).  

Sigo yendo al calderón, como siempre. Pero fíjate que llevamos unos años ganando títulos, tuteando al Madrid como en tus tiempos (también hay cosas que no cambian, el trampas sigue siendo el trampas). No hay partido el el que no te busque en ese tercer anfiteatro repleto de personas que, como tu, emprendieron el viaje hacia la inmortalidad. Sigo siendo peregrino y no hay año en el que falte a mi cita con el patrón. En mayo volveré unos días y allí charlaremos, como siempre... Sigo (o lo intento), estar cerca de la familia.  Ser el primogénito me llena de responsabilidad, aunque es verdad que no soy mucho de llamar, pero ya sabes, estar siempre estoy.   

Persisto con mi faceta literaria. Aunque ya no sigo escribiendo como macho ibérico,  lo hago de una forma más variopinta, intentando tocar más palos. Y es que el sueño de escribir me tiene atrapado. No se si lo conseguiré pero que no quede por mi parte.  Ya ves, sigo siendo un poco risueño y soñador, como siempre, porque nunca dejo de soñar, y moriré así, soñando con epopeyas, batallas grandes historias de caballeros, de templarios, de amor.. 

Pero hay algo nuevo. La política. Un día me pregunte que es lo que podía hacer por mi país, me puse una camiseta naranja, y empecé a colaborar en Leganės, que ya es mi pueblo (se que muchos me dirán algo, pero como tu bien decías, el burro es de donde pasta). Te confieso que me gusta demasiado, y aunque tu, viejo lobo de mar, enarbolabas la bandera roja de la hoz y el martillo, se que estarías orgulloso de ver como intento que cambien las cosas para mejor. Algunos me llaman facha, otros cuñado, otros... Pero para eso eres un estandarte. Tu luchaste tanto en tu etapa en Alemania como aquí para que cambiarán las cosas. Así que, tengo sangre tuya, y eso ya contesta sobre mi tenacidad y afán de hacer tantas y tantas cosas.
  
Y a pesar de todo, a pesar de que llevas tantos años lejos de nosotros, sigo sintiéndote muy cerca. Cuanto daría por un beso tuyo, por un abrazo, por discutir, por quitarte la razón, por tomar una cerveza cada día después de trabajar, por escucharte reír, por verte dar un beso a mamá… Tantas y tantas cosas. Pero lo que más me gustaría, sería que cogieras a Yago entre tus brazos y le dieras un beso.  Lo que daría…

Han pasado los años, papá, han pasado muchas cosas, y pasarán muchas más. Pero lo que nunca pasa es el amor. Y te confieso que te quiero aún más, que día que pasa se de lo difícil que es ser padre.  Se que tanto tu como mamá sois un ejemplo de ello, y se que todo aquel que te recuerda, habla bien de ti. No conozco enemigo tuyo, como no conozco enemigo mio (será por algo). Solo se que hoy hace años que emprendiste un viaje que tu no deseabas ni merecías, que te aferrabas a la vida a cualquier precio, aunque yo deseaba que no pasaras por ese penoso trance y que el de la guadaña te hubiera llevado sin más, sin que te convirtiera en lo que no eras. Y aún con ello, le tengo que dar las gracias porque nos enseñaste lo que es la dignidad, pero sobre todo, por el amor de un padre hacía su familia, la que había construido y moldeado para que hoy seamos lo que somos. 

Somos felices papa, porque te tenemos muy presente, porque a pesar de tu partida, sigues muy cerca de nosotros, con nosotros.

Te quiero papa. Allá donde fueres, allí estaré…


jueves, 23 de marzo de 2017

Una casi boda

Habían llegado al hotel Marriot después de un día agotador. La jefa de protocolos les estaba enseñando donde se iba a celebrar la ceremonia. El hotel había dispuesto un altar de madera al borde de sus aguas cristalinas, ubicado  sobre un pequeño montículo de fina arena blanca y harinosa y rodeada de una frondosa ladera de césped y de vegetación tropical. La ceremonia se celebraría una hora antes de la puesta de sol, para verle morir en medio de las aguas del mar Caribe. Si tuviera que ubicar al paraíso, este, sin lugar a duda, sería  el enclave.

Los invitados comenzaron a llegar ataviados de color blanco en sus vestimentas. Los caballeros apostaron por camisas y pantalones de lino,  y  las damas trajes de fina seda para sus vestidos, con complementos florales de las especies autóctonas. La ceremonia estaba siendo espléndida, espectacular. El tiempo acompañaba con un sol  camino de poniente dando tintes anaranjados al cielo limpio de nubes, cuando el oficial de la ceremonia indicó:
- Si alguien quiere impedir este matrimonio, que hable ahora, o calle para siempre…

- Yo. Espetó una joven que según se acercaba se iba despejando de su ropa.
- ¿Y cuál es el motivo para impedir que estas bellas almas se casen?
- Porque este hijo que espero es suyo.
- Pero si no se te ve embarazada...
- Anoche hicimos el amor y siento como la vida florece ya en mi interior.
- Eso es imposible, grito la novia. Llegamos ayer tarde y nos estuvieron enseñado donde se iba a celebrar la ceremonia. Cenamos y nos fuimos a la habitación de este hotel y no se movió de mi lado. Además, hicimos el amor toda la noche.
- Eso no es cierto, bramó desde el fondo un hombre con barba. Anoche estuvimos celebrando su despedida de soltero junto a todos los amigos y acabamos haciendo el amor en la otra parte de la playa. El barbudo ya se había quitado la ropa, junto a un grupo de veinte pérdidas entre hombres y mujeres.

Las familias, ante tanto estupor no sabían dónde meterse,  La madre de la novia había caído sobre la blanca arena fruto de un desmayo mientras era socorrida por las personas que estaban a su lado. La novia miraba incrédula al que iba a ser su marido, mientras los padres de este la intentaban abrazar y consolar.

- ¿Qué es todo esto? ¿Es verdad o es una broma macabra?
- Es verdad. Anoche estuve con todos estos y algunos más. Te drogué para que te durmieras. Era mi última noche de soltero. Entiéndeme...
-  ¿No tuviste bastante con hacer el amor conmigo durante  toda la noche?. Y además, te has acostado con un hombre.
- Nunca te lo dije y no quería que lo supieras. Soy bisexual. Puuedo sentir lo mismo con los hombres que con las mujeres. 
- Eres un pervertido. No te quiero volver a ver en mi vida.
- Creo que si podrás. Estas embarazada de trillizos desde hace dos meses. ¿O no recuerda por qué nos estamos casando?
- Eres lo peor que me ha pasado. Quiero que desaparezcas ya.
- Pero te quiero, y todo esto me ha servido para saber que eres la mujer de mi vida. Cásate conmigo. Para eso venimos aquí, a la isla del pecado…

La mañana aparecía tras las puertas abiertas de la gran terraza de la suite. Las cortinas eran movidas sigilosamente por una suave brisa que facilitaban la entrada de los primeros rayos de sol, reflejados por las paredes blancas e inmaculadas.   Eva se levantó sobresaltada, sofocada, con una sudoración excesiva a pesar de la suave temperatura que hacía a las seis de la mañana.  Miro el reloj, y comprobó que era aún el  ocho de agosto.  En frente suya estaban los trajes de boda perfectamente planchados e inmaculados, listos para que se los enfundaran para el gran día. Adán, dormía plácidamente.

Se acercó a él muy despacio, y cuando estuvo lo suficientemente cerca de su oreja izquierda, le gritó:

- Te va a aguantar toda una vida tu puñetera madre…

jueves, 9 de marzo de 2017

Descubriendo sentimientos

Un cielo cubierto de nubes grises cubría la totalidad del cielo aquella mañana de mil novecientos ochenta. Recuerdo ese olor a tierra mojada por las primeras gotas de lluvia caídas sobre la arena del patio del colegio. Pero no nos importaba. Lloviera, nevera, granizara o cualquier otro tipo de inclemencia, no impedía que al sonido de la campana corriéramos como locos a disfrutar de los treinta minutos de recreo.  Paco se había traído el balón de reglamento para echar un partido a los de quinto B.  

Ya habíamos comenzado a jugar, y empezaron los gritos entre nosotros mismos; que si eres un chupón y no la pasas, que si no sabes centrar, que si eres un paquete... Juli se quitó la pelota de encima con una patada, y haciendo un vuelo como cuando tiramos un avión de papel, el balón entró en el soportal de la entrada del colegio.  Corrí a buscarlo, y lo encontré junto a la pierna inmóvil de Jesús. Paré en seco y pude ver su cara de tristeza, de impotencia, de ver que la vida pasa justo por delante de él y no puede agarrarse a ella.

Jesús era un niño distinto,  con un semblante siempre serio y parco en palabras. Tenía un problema de movilidad debido a que en una de sus piernas llevaba siempre un engendro de hierros y alambres, y una extrema delgadez, le hacían ser un chico demasiado especial para muchos. Nunca deparamos en él, nunca nos había preocupado, nunca hicimos nada para que jugará  con nosotros, nunca pasó nada. Hasta ese día.  El balón estaba al lado de su pierna izquierda.


Me miró como sintiéndose prisionero en una celda en lo alto de un castillo custodiado por un dragón, incapaz de poder hacer nada para escapar. Entre suspiros, comenzó a retroceder y entró por la puerta principal, con su paso torpe y lento, hacia el interior del colegio.

Yo no estaba mirándole, miraba allí porque seguí el vuelo del balón, y gracias a eso pude encontrar un sentimiento que hasta ese momento estaba aletargado. Esa imagen me conmovió. Dejé de mirar y entré hacia el interior del colegio para ver si lo veía. Aún recuerdo su estampa, sentado en el banco de madera que había en el hall de entrada, con el cuerpo inclinado hacia delante, los dos codos apoyados sobre sus muslos y las manos tapándole su cara. Se le escuchaba sollozar. Lo peor de ese momento es cuando pasaron dos profesores por su lado, y ninguno fue capaz de pararse y preguntarle qué le pasaba.  Subí corriendo hacia la clase, y saqué de mi mochila un bocadillo que me había preparado mi madre, y bajé hacia el banco nuevamente todo lo rápido que pude. Me senté a su lado, y, sin llamarle por su nombre dado que no lo recordaba, le ofrecí un trozo de bocadillo. 

Aún con el tronco encorvado hacia abajo, giró su cabeza hacia , e intentó recomponerse. Partí el bocata en dos sin que hubiera articulado palabra, y se lo puse a la altura de su mano. Lo cogió, olisqueó un poco, y pude escuchar por fin su voz:

¿De qué es?

Su voz grave y temblorosa le hacía parecer mayor, pero había en su expresión la cara de cualquiera de los compañeros que estuviera fuera jugando con el balón. Era un niño, como yo, pero la vida le había señalado a él, y le impedía de alguna forma ser como los demás.  Así que le dije que se secara sus lágrimas, que el reloj que estaba encima de la puerta del cuarto de la portería marcaba las once y dieciocho, que faltaban doce minutos para que acabara el recreo y que no podíamos perder más tiempo allí. 

Se apoyó con una mano en mi hombro para levantarse del banco, y sin soltarse, caminamos hacia el patio nuevamente. Cuando salimos, había un hueco entre las nubes por el que los rayos de sol se habían abierto espacio. Miró al sol, miró al patio, nos miramos, y me dijo: 




 - ¿Amigos?
 - ¡Amigos¡