martes, 5 de diciembre de 2017

Un relato negro

- Te odio. Así, sin más. Es un odio hasta las últimas consecuencias. Que te mueras. ¡Quiero que te mueras!. Y mira que lo imploro, pero ¿dónde está Dios o el mismísimo demonio para que se lleve a este hijo de puta?, u ¿os lo tengo que enviar yo?.  Si debe de ser así, se hará, pero para algo que os pido, no aparecéis ninguno de los dos, cabrones.

- Perra vida. Ya no aguanto más palizas, más insultos, más vejaciones. No quiero seguir sintiendo miedo. Llevas humillándome desde que íbamos al colegio, y sigues haciéndolo aquí, en la universidad, valiéndote de tu cuerpo, fuerza y envergadura.  Y cada vez que lo haces sonríes y te ríes abrupta mente sabiendo de tu posición dominante sobre una persona mermada y lisiada como yo.  Pero todo tiene un límite, y el mío ha llegado. Y las pagarás. Claro que las pagarás, una a una, y lo último que verán tus ojos será mi sonrisa...

Aquella mañana de Octubre se dirigió a un café del centro de Leganės donde había quedado con una persona a través de Internet, al que le había comprado ketamina. El plan era muy sencillo. Todos los jueves a las seis y media de la tarde le llevaba una cantidad de dinero, y un gramo de cocaína. Mezclaría ambas drogas y el resto sería pan comido. Compró también una lata de cerveza a la que con la ayuda de una jeringa con una aguja muy fina, inyectó también ketamina, para dirigirse posteriormente al baño habilitado para minusválidos en la planta primera del edificio de periodismo.

- Llegas tarde lisiado. ¿traes lo mío?
- Aquí lo tienes - le dijo.

Antes de darle su encargo, se sacó la cerveza como si se la fuera a tomar, apostándose sobre la pared embaldosada y, nada más abrirla,  el mismo que le atormentaba desde que tenía uso de razón se la quitó de un zarpazo para dar un trago largo, dejando vacía la lata y eructando bruscamente como si fuese un macho alfa.

Fueron unos segundos solamente cuando le empezaron a fallar las piernas. Inmóvil en el suelo, solo podía pestañear. Su respiración era casi imperceptible, y al verme sacar el material de mi mochila empezó a sudar por todo su cuerpo al que ya había previamente desnudado. Empecé a introducir pequeñas astillas de madera entre sus uñas de las manos y de la pies, y ayudado por un pequeño martillo de relojero, fui clavando las astillas hasta que le apareció la sangre. Sus lágrimas se hicieron presentes así como la dilatación de sus pupilas.  Una vez ahuecadas las uñas, y con unas tenazas, comencé a tirar una a una hasta arrancarlas. Que placer.  No podía articular palabra pero sus ojos eran todo un torbellino de sensaciones.  

- ¿Te duele?,  ¿quieres que pare?. Esto solo ha comenzado, pero tranquilo, hoy dormirás eternamente.

Saqué la jeringuilla donde quedaban 10 mililitros de las drogas y sin mediar, le pinché en el cuello para que llegara antes al cerebro.  

- Serán cuatro minutos, cinco a lo sumo. Empezarás a sentir un dolor terrible por todo tu cuerpo. Y aquí estoy, riéndome en tu cara. Viendo como tu aventura se esfuma de este mundo. Pero tranquilo amigo mío.  A ese infierno al que te mando, estaré junto a ti, como ha sido siempre. Mírame bien que vamos a viajar juntos nuevamente.

De su bolsillo saco una pistola con la que se disparó en la sien, cayendo sobre el cuerpo desnudo de su maltratador

y quedando una cara frente a la otra. Un semblante de terror y otro como si estuviera navegando en un mar de calma.  

El mismísimo diablo les estaba esperando en las puertas del infierno.